sábado, 2 de mayo de 2020

LOS DESAFÍOS DE LA PARTICIPACIÓN INFANTIL





Tengo la sensación de que este asunto de la participación infantil, no es prioritario en nuestra sociedad. 


Es curioso y paradójico, por una parte se toman muchas medidas para proteger al niño y a la niña, se les rodea de un sinfín de comodidades, (y me parece bien), pero al mismo tiempo, no se les está invitando a participar. Más bien, se les quiere tener tranquilos y sumisos. Como botón de muestra, so pretexto de “tener la fiesta en paz”, o de que “sea un momento más llevadero”, ¿cuántas veces habremos visto en los restaurantes y en otros eventos sociales a niños y niñas, adolescentes e incluso jóvenes, centrados en su aparato smart, consola, …, en medio de un grupo de personas que, en el fondo no les prestan atención? La respuesta fácil es decir que “así se entretienen”. Puede ser cierto, pero me genera la sospecha de que, en el fondo, los adultos queremos ir a lo nuestro y no queremos dedicar o “perder” tiempo con estos “seres diminutos” -como piensa más de uno, aunque no lo quiera reconocer-. Se diría que la presencia de los niños, nos incomoda, nos trastoca y no sabemos qué hacer con ellos. ¿Qué planteamiento, verdad?


Si trasladamos esta visión, centrada en el adulto, a un centro educativo, podemos imaginar que en el ambiente va a primar la disciplina, el orden, el respeto debido hacia el adulto, el afán de que se reproduzca lo que se dicta,... Todo para el niño, pero sin contar con el niño. (Una vez más qué curioso). 


Al hilo de los dos párrafos anteriores, creo que el primer reto que tenemos que afrontar es sencillo: abrir los ojos. Abrir los ojos y descubrir a los niños y niñas con otra mirada. Ver que ellos no son seres sólo para ser mantenidos, pasivos. Sino que ellos pueden aportar muchas cosas e ideas y que además tienen sus derechos a opinar, a expresarse, a estar informados (CDN 12 y 13) sobre todo en aquello que les afecta directamente.


Segundo reto, difícil de conseguir: creer que participando ellos y ellas van a crecer más y mejor. Participando van a asumir sus responsabilidades, van a comprometerse con su vida, su familia, su entorno, … Participando, van a aprender a expresarse mejor, a negociar, a resolver conflictos,... A respetar al otro y al adulto. 


Este segundo reto es muy difícil, porque en cierta medida, supone que el adulto acepta que no está en la cúspide de ninguna pirámide jerárquica, y que no es el centro de ningún mini-cosmos autogestionado. Sí que es cierto que ha vivido más, que tiene más experiencia, y puede que criterios, … Pero el adulto no es una realidad cerrada y también está llamado a escuchar al otro. 


Los siguientes pasos, vienen como consecuencia de lo anterior:

a) Pasar de una postura autoritaria (“porque lo digo yo”) a una actitud dialogante. Y en el diálogo hay escucha, y relación respetuosa, hay interés por conocer a la otra persona, lo que es, lo que piensa, … (tolerancia). Desde este proceso, en el trato cotidiano, se generan sentimientos de admiración, empatía, y de confianza mutua. 


b) Entrar en esta dinámica y en esta actitud dialogante con el mundo infantil, puede ser un hito revolucionario para un colectivo adulto como puede ser una familia o un claustro de profesores. El adulto no es un guía solitario, sino un compañero de camino. Y para acompañar a alguien, hay que querer estar con él, hay que adaptarse a su ritmo y hacerse más presente en algunos momentos y en otros menos, pero siempre seguir cercano. (Habrá que acordarse de Vigotsky y de su zona de desarrollo próximo, de la protección ante amenazas externas - los contenidos nocivos que llegan por tantos medios- y otras muchas cosas, pero siempre, desde el respeto


c) Se aprende a hacer, haciendo y a ser, siendo. Posibilitar unos cauces de participación de forma estable y regular, genera un hábito que motiva a la implicación y a la responsabilidad: La persona se activa, y se convierte en ser activo, no pasivo. ¡Qué paradoja sería querer educar para la ciudadanía, sin dejar poner en práctica este derecho! 


Llegado a este punto, se me ocurre pensar cómo convencer a un colectivo de adultos, como pueda ser un claustro, (el gran reto para un colegio). ¿...? 


Una cosa está clara: si nunca se da un paso, no se puede aprender ni a andar, ni a correr. 

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